"Art for Art's shake"

El olor de un libro viejo. Viajar. Teatro. Las sonrisas de madrugada.

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El olor de un libro viejo. Viajar. Teatro. Las sonrisas de madrugada.

16 de junio de 2012

Hoy te reprocho.


Hoy le quiero reprochar a mi país haber matado toda la creatividad que albergaba en mi desde que por primera vez respiré en esta tierra. Gracias no por no fomentarla, si no por reprimirla y marginarla ocupándola con vacíos contenidos papagayiles. Porque la creatividad va ligada a la imaginación, al pensamiento, a la producción de ideas propias, puras, inocentes, naturales, individuales e independientes. Porque da lugar al criticismo. Porque forma mentes y las cambia sin esfuerzo. La represión de tal, desencadena borregos incapaces de actuar en soledad, viéndose ciegos arrastrados por la histeria colectiva, por pensamientos y acciones en masa y a bulto. Por la ignorancia absoluta y su hermano gemelo su atrevimiento. Por su falta de carácter y de seña. Copias calientes prefabricadas recién salidas del proceso de producción- también conocido como sistema educativo-. Los borregos castigan lo diferente por el mero hecho de serlo. Castigan y señalan la paja en el ojo ajeno. No reflexionan. Actúan. Inútilmente. De un lado a otro. A golpe de batuta. De piedra en piedra. De hostia en hostia. Y así va el país. Y con él todos. Bueno, casi todos.

Hoy le reprocho a mi país haberme obligado a buscarme un futuro lejos, muy lejos de sus fronteras. Te reprocho tu incompetencia para generar puestos de trabajo para profesionales sobre cualificados, con ilusión de renovar las cosas, inteligentes y capaces de educar a pesar de tener que luchar contracorriente con la que nos estás haciendo pasar en los centros de enseñanza. Me sangra el estómago al pensar en lo fácil que es para ti, destrozar a golpe de tijera la educación pública. Vomito al imaginar lo peligroso de sus consecuencias. La puta dictadura en la que nos estás metiendo, jodido país.

Te echo en cara todas las veces que pienso en traerme a mi familia aquí conmigo, cada una de las veces que les echo de menos, cada segundo que mis amigos están por mi cabeza y necesito de sus abrazos, cada noche en vela -que son muchas- a medio camino en estado catatónico por la mala cirugía estética de bisturí casposo y oxidado que le estáis haciendo a mi país. Cada segundo de duda y cada miligramo de rabia que genero al saber de ti.

Te culpo por tenerte gobernado por ignorantes y estúpidos, por ladrones de guante blanco, por fascistas ricos y meapilas. Elegidos, eso sí, por otra mayoría abrumadoramente inútil e inmensamente ignorante, como tú. Te culpo por tu avaricia y egoísmo, España, España: "país de charanga y pandereta". País de casposos y señoritos. De curas y monjas que violan y maltratan. De una iglesia que mete la mano en nuestros bolsillos cada día  y nos quita hasta el condón de la polla porque es pecado. De más meapilas predicadores, rancios que sustentan uno de las instituciones con más dinero del mundo, que rezan eso sí, cada noche por la salvación de sus almas.

Te reprocho tu atraso, España. Tu no haber aprendido. Tu no haber sabido enseñar. Tu borreguismo y apatía, tu vagancia, tu pasotismo, tu esclavitud y tu actual dictadura. Te reprocho todo a día de hoy. Todo.
Me das pena. Me entristeces y sobre todo, sobre todo, me dueles muy  muy adentro. 
Si me esperas, será para cambiarte. No pagaré otro billete desde la otra punta del mundo si no es a ese precio. Cueste lo que cueste.

No te mereces llamarte país. 
Hoy te reprocho hasta el existir.

19 de mayo de 2012

En la ciudad del viento.






Amaneció sábado cerrado. Nubes grises atrapadas en los picos del Monte Victoria y del Monte Cook. Sin ninguna intención de moverse. Desayuné café caliente, tostadas con mermelada y así como embobada perdí la mirada en la luz triste que atravesaba el cristal del salón. Vi empezar llover y el cielo, como en cuestión de segundos, se cerró.
En un estado de precosnciencia post despertante, las neuronas hicieron el esfuerzo de conectar las ideas alojadas en la parte de atrás del cerebro. Me decido. Saldría de casa e iría al Te Papa. Aún muchas cosas por absorber en ese museo de tropecientas plantas.
Reyes maoris, primeros asentamientos en Aotearoa, iwis, canoas. Documentos originales. El tratado de Waitangi. Consigo entender mejor algunas partes más de su rico bagaje cultural. Descubro que los hórreos gallegos son primos lejanos de unas chabolas maoris usadas para almacenar trigo y demás comida. Me sumerjo en la marae, descalza y vibraciones de antecesores maorís envuelven el interior del cuerpo formando sus vísceras con nuestros cuerpos, con nuestra carne invasora. Tocamos con calma entre los dedos la greenstone. Nacida por la erosión de las rocas. Piedra sagrada que trae suerte cuando la recibes como un regalo, al contrario de lo que ocurre cuando la adquieres para ti mismo.

Sintiendo las rodillas flojear, las dejé llevarme por el paseo marítimo a su antojo, y en el vaivén del viento y la lluvia, y de la lluvia imantada por el viento del poniente, y el frío de las olas del mar de Tasmania que venía de parranda con las de su sabio tío mayor el océano Pacífico; en el vaivén de las maderas que separaban mi cuerpo del azul salado, entré buscando refugio del temporal a un mercadillo de artesanía que tiene lugar cada sábado en el frente del agua. Saludo a Zoe, que parece divertida de verme fuera de clase. Yo le sonrío y me siento un poco inquieta. “Aún incapaz“, pienso. Aún insegura. “con tanto como llevas a tus espaldas, y aún te siguen temblando las piernecinas!” El cansancio… eso es. Estaba cansada de toda la semana de trabajo, de los terremotos con los que lidio cada día durante cinco horas que, como muy bien mi tía define a este tipo de especie, son chupópteros. Acaban hasta con el más insignificante mililitro de energía que me raciono para cada día. Y luego tengo que pedalear con la reserva hasta Newtown. Y me lleva cuarenta y cinco minutos y dos salidas de la cadena. Estaba jodidamente cansada aquel sábado, y realmente lo que más me apetecía hacer era tumbarme y no hacer absolutamente nada que requiriese algún tipo de esfuerzo físico por mi parte. Sin embargo, el espíritu inquieto, o tal vez la mentalidad europea que hemos bienheredado de aprovechar el tiempo a cada latido, me había conducido hasta aquel mercado, hasta Zoe, hasta aquellos collares de símbolos maorís.

Cruzo la esquina. Miro al fondo del parking transformado aquel sábado en mercado y algo parecido a una bicicleta con alforjas enormes y un molinillo de viento de colores capta mi atención. De repente vuelvo a la tierra. Focalizo la mirada, me aproximo lenta pero curiosamente hacia aquello y resulta que reconozco al ser humano cuya extensión se llama ‘Karma’. Viste con ropa de montaña: buenas botas, chaqueta impermeable azul, pantalones vaskitos y pelo ya canoso, rizado y un tanto enmarañado larguito. Salté literalmente sobre él.
Álvaro Neil.

¡El biciclown!
Viajando con un mapamundi en su mochila, con destino al más puro de los caminos, con propósito de sacarle la sonrisa hasta a las estrellas. Nariz roja en lugares donde las palabras diversión y alegría no existen en su vocabulario. Campos de refugiados en Camboya, pueblos en Japón tras el gran tsunami de hace unos años… Álvaro inspira.
Yo lo había visto en hispania meses antes de viajar a Wellington, en Callejeros Viajeros o algún otro programa parecido. Recuerdo que me tocó mucho su historia, y esa sonrisa de dientes blancos se quedó grabada en mi memoria visual. Me cuenta Álvaro que ahora para por Aotearoa con ‘karma’. Desde Septiembre recorren juntos estas tierras de leyendas vírgenes y naturaleza salvaje. De paisajes inhóspitos y gentes con luz.
Compartimos una emocionante charla, le compro por diez dólares más el documental que estaba vendiendo en el mercadillo de aquel sábado y le ofrezco mi casa para dormir si lo necesitara en cualquier ocasión. Nos cuenta que ha conocido al asesor de educación de España en Nueva Zelanda, Pablo. Al que iba a conocer a la semana siguiente yo en persona. La humildad reencarnada con los pies en la tierra es este asturiano. La persona menos perdida que probablemente haya conocido. Sabe a dónde va, y se deja llevar por el camino. Sin prisa. No tiene prisa por hacerlo. Duerme ciento ochenta y nueve noches al año a la intemperie. Viaja con una cocinita y me cuenta que come mucho arroz y mucho atún. Que hace algún dinero de sus cuatro libros que ha escrito y estos últimos años del documental que justo le acababa de comprar. Me engancha. Me cautiva su mirada, su sonrisa segura pero inocente, divertida, guasona. Libre. Increíblemente libre.

Afuera seguía lloviendo. Lo dejé acabar de vender sus últimos documentales en aquel mercado no sin antes haber quedado para aquel próximo domingo en el festival que iba a tener lugar en Newtown. Donde yo vivo. Miré atrás a la vez que caminaba, distraída, sonreí y presentí que no tardaríamos en volvernos a cruzar.

Despejó el domingo. El sol nos quiso regalar su calor. Álvaro estaba de nuevo en la calle. Lo encontré hablando con dos chicas españolas y un chico que viajaban en caravana por Nueva Zelanda y le habían reconocido. Le ofrezco mi casa y acepta. Lo habían acogido la noche anterior en Island Bay, precioso tanto  como ventoso. Lo pasó mal para llegar porque el osado záfiro le arrebató la bandera asturiana que orgullosamente preside ‘Karma’, cosida a mano por una asociación de Oviedo que se la manda pulcramente cada tanto a Álvaro.

Setenta y cinco kilos él.
Setenta y cinco kilos Karma.

Juntos subieron la empinada colina que llega al ciento tres A de Coromandel Street. Está todo en la cabeza, me dijo a la par que me miraba y pedaleaba.

Una semana después.. alguien desde Francia se sorprende por esta historia y me afirma nostálgicamente lo “pequeño que es el mundo”. Había leído uno de sus libros. Específicamente el de África.

Y yo...me pierdo vagando en marejadas de pensamientos.. “Cuanto más conocemos.. más viajamos.. más pequeño.. y más grande se va haciendo el mundo.. crece en nosotras y con nosotras.. dando forma a un microcosmos de caminos que se parecen y que, no sin razón alguna, coinciden. un tiempo. Unos segundos. Un café solo. Toda una vida. Tal vez. Este mundo se busca a sí mi mismo. Se retroalimenta de espíritus capaces de arrancar alegría de la tierra baldía…”

Vuelvo con palabras  amables. Son ya de las pocas cosas que me incitan a crear y recrearme en situaciones…

“Lo he leído como siete veces y no me puede gustar más. sigue creciendo, eres ya tan grande...”


Deja de pensar ya, Carla. Es catorce de marzo.

6 de diciembre de 2011

Octoberthetwentyfourth.





"Días felices que pasaron veloces
y
ahora arden en la memoria a fuego lento"


_____

Queman los recuerdos.
Añoraba el olvido que nunca le sonrío dejándole París, Canarias y sus cigarrillos de buenos días
en la cabecera de sus despertares.
Ansíaba dejarse ser plenamente sin tener que asesinar inconscientemente a la parte de ella
que le urgía marchar, volar
y
explorar
olores exóticos y miradas de pupilas negras brillantes
en esquinas de bares.
Sin tener que asesinarse cada segundo,
sin estar, a fin de cuentas, cada vez que entablaba una conversación,
o se cruzaba con unos bonitos ojos sobre esa opacidad alemana que le invadía.
O cada vez que una sonrisa amable le revolcaba en turbulentas sensaciones de duración ínfima,
que la elevaban de la reaficción de sus vaivenes.

Andaba, quizás, huyendo de ese verbo tan desgastado y vital,
tan cotidiano,
como el dióxido de carbono a través de nuestras fosas nasales.

Y no. Ya no. No se recuerda.
Trazos, pinceladas expresionistas de un cuadro extravagantemente colorido
que Van Gogh dejó por imposible, abandonado en una esquina sucia
entre platos y cucarachas de su casa en la Provenza francesa,
justo después de cortarse la oreja.

Tal vez la pura esencia del arte sea esa;
no ser, no estar.
Algo así como las fotografías en blancoynegro.

16 de noviembre de 2011

veintiochodeseptiembre2011.


Y llevando mucho tiempo queriendo escupir en papel todo lo que
ha recorrido sus jodidas venas, cada centímetro de cada uno de sus átomos,
asfixiándola como lo ha hecho la emoción ahogada de lágrimas o
el más puro y plancentero dolor de risa.
Muscular eso sí.
Y llevando muchos meses sin atreverse a amarrar la tinta de un boli
y dejar fluir cada trazo de su piel, cada arruga de sus mil sonrisas regaladas y todo lo que
lloró por esos ojos azules y blancas cejas frondosas
que no volverían a encontrarse con los suyos nunca más
sobre respiraciones terrestres.
Y llevando muchas conversaciones recreándoles en sueños, y
tras tantas notas fusas en pentagramas regidos por claves de do en tercera
y melodías disonantes...

decide cobijarse: pongamos jazz tranquilo, o blues mezclado con algo chill de fondo.

Conversaciones pasajeras de almas por las que -para qué mentirnos-, pagaría
por conquistar.
A penas un centenar de horas y revivirá recuerdos vagos de aquel piso en Jorge Vigón,
de bromas confidentes entre patos, patitos y coches blancos.
A penas cinco días para que recuerden su esencia física primera en el vaivén interminable de oxígeno y dióxido de carbono,
de sístole y diástole ya desgastadas,
de sangre
bombeante por sus sienes
y de fluir por este worn-out camino que va
abriéndose entre sus pies
con cada exhalación.

Sillas de madera impregnadas de un olor nostálgico a moqueta inglesa.
El casamiento, los padres de Tom; seamos tolerantes con la divergencia donde se cobijan las rarezas de las mentes temerosas de descubrirse sin barba al mirarse al espejo por la mañana.
Y sigue aguantando la mirada, Carla, digo... Kenza, no rías, haz uso de ese escenario teatral que te
transporte a siglos lejanos para ser políticosocialjodidamente aburrida, convencionalmente aceptada y querida.
Luego, claro, exige involuntariamente compresnión o palabras amables.
Gramolas, loros;
falta de sexo, de mucho, salvaje y sucio sexo.
Y falta de ti.
Apúntatela.


Alles raus, wais keine Miete Zahlt.